Astronomía que no se ve

via lactea por sergio montufar
Vía lactea, por Sergio Montúfar Codoñer.

Si Alguien mira con detenimiento al cielo de una noche despejada, dependiendo de donde, esté, verá rosa o negro y un par de estrellas o unas cientos; menos rosa y menos un par entre más pequeña y más alejada esté la ciudad más cercana; y, a Alguien, mayor fascinación le causará entre menos pesimista sea el escenario —y más bohemio pretenda ser—. En el mejor de los casos, dirá que ¡hay millones de estrellas!, cuando en realidad solo ve una centena, y pierde la cuenta cuando llega a diez o veinte. Ese ¡millones! exagerado, que probablemente haya querido sonar a ¡miles!, pero que claramente representa a cientos es el resultado de una astronomía que no se ve —no con los ojos, al menos—.

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Una —otra— cosa es el Sol

la cruz del sur y el saco de carbon desde argentina por www.pampaskies.com
La Cruz del Sur y el Saco de Carbón http://www.pampaskies.com/

El funcionamiento de las estrellas, a los ojos de muchos, está bastante resuelto: bolas de gas donde una porción relativamente pequeña de su masa convierte en elementos cada vez más pesados -más abajo en la tabla periódica- hasta que no puede más. Su destino final, con todo lo que le pase por el medio y el tiempo que le tome, dependerá principalmente de la masa con la que nazca. Son una de las pruebas de que la relatividad de Einstein funciona bastante bien y están lejos: una cosa es el Sol, a ciento cincuenta millones de kilómetros de la Tierra —tan cerquita—, otra cosa cualquier estrella arbitraria, a una distancia entre los cuarenta billones y los cien mil trillones de kilómetros. Y hay muchas: tomar la cantidad de granos de arena en un puñado, multiplicados por la cantidad de puñados de arena en una playa y por la cantidad de playas en la Tierra es —probablemente— quedarse corto.

Por cada estrella que observamos, una pequeña fracción del total que hay en el universo, obtenemos un poco de información y, a partir de ese poco mezclado con muchas, aprovechamos la estadística y sacamos conclusiones. Como la estadística susceptible a ser abusada y la precisión de las observaciones es limitada, hay conclusiones serias y otras tomadas de los pelos. Pero, en general, hay varias cosas seguras, como el principio y el final de la vida de una estrella; lo que pasa en el medio es complicado y requiere de un hilado más fino —como lo necesitaba el éter a finales del siglo XIX—.

Con el Sol es más fácil, está cerca y no solo se obtienen más y mejores datos, sino que mayor variedad. Sin embargo, la situación se voltea y todo el tiempo loscientificosdicenqué no saben que pasa: que la corona tiene una temperatura mayor que la superficie del Sol, cuando debería —¿debería?— ser menor, o que este último máximo solar está siendo menor de lo esperado —¿tiene que responder a nuestras expectativas?—, entre otras —tantas— cosas.

Y de las estrellas saben un montón.

Entonces el Sol es una estrella, pero parece que para los que saben una cosa son las estrellas y otra cosa es el Sol.

 

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¿Dónde está la Tierra?: nosotros estamos acá (introducción)

Nosotros estamos acá, en la Tierra y unos pocos dan vueltas a su alrededor. Generalmente sabemos dónde estamos: frente a nuestra computadora, en nuestras casas, en el trabajo, en la plaza, a veces perdidos. Sin embargo, siempre estamos acá, en la Tierra, aun cuando no sabemos dónde estamos; incluso los astronautas están tan cerca —tan atados—, que se puede decir que están en ella, a pesar de que no parezca. Pero, ¿dónde estamos?; es decir: ¿dónde está la Tierra?

—Para empezar, ¿la Tierra se mueve o está quieta?
—Se mueve.
—¿Y cómo sabés? Si alguien se para, bien quieto, toda la tarde al sol en el jardín, podría ver que su sombra se mueve.

Imágen panorámica de un amanecer en el río Miass
                        Amanecer en el río Miass por Marat Ahmetvaleev

Esta persona en el jardín bien podría decir que el Sol es el que se mueve —el que orbita alrededor de—; después de todo, ve que el Sol sale más o menos por el este, que en algún momento cerca del mediodía alcanza una altura máxima en el cielo y que, luego, se pone más o menos por el oeste. El Sol sale y se pone, no decimos que la Tierra sale y se pone.

 

La cuestión es que no resulta tan directo saber que la Tierra rota sobre su propio eje y que es la que gira alrededor del Sol y no al revés. Ahora no hay duda de que es así: podemos enviar sondas para ver desde afuera lo que pasa en la Tierra; de hecho, para mandarlas se aplican esas ideas. No obstante, no debemos olvidar que las cosas las observamos desde la Tierra o desde por acá cerca y esto puede traer ventajas y desventajas.

La Tierra vista desde Saturno por Cassini
La Tierra vista desde Saturno —
Créditos: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute

Con un poco más de ingenio, se puede encontrar la distancia a la Luna, al Sol y al resto de los planetas y cuerpos que dan vueltas por el barrio. Conocer las dis­tancias y direcciones a otros objetos, implica conocer nuestra posición; en otras palabras, sabe­mos dónde estamos porque sabemos dónde están las cosas que nos rodean. Con esta información, podemos hacer como si nos paráramos fuera del Sistema Solar y marcar posiciones y dibujar órbitas —y sacar fotos lindas—.

Un problema resuelto: la Tierra es el tercer planeta más cercano al Sol. Sin embargo, el Sistema Solar no es todo el Universo, ni siquiera es todo el universo, entonces conocer con precisión la posición de los que lo componen no es decir mucho. Ahora necesitamos calcular la distancias y direcciones a cosas que estén más lejos —que estén más afuera—.

 

Este artículo es el primero de una serie sobre dónde está la Tierra — ¿Querés ver el siguiente?

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A mi Luna, una carta a la Luna;
Saturno y su bañera; u
Ocho planetas; ni nueve, ni trece, ni cuarenta y seis: ocho

Miramos aún más en el pasado

Cada vez que alguien mira al cielo a simple vista, mira al pasado: al pasado de otro objeto, no al propio. De hecho, cada vez que mira algo, incluso esa taza de café que tiene en frente, ve el pasado de ese algo. Generalmente, esos algos suelen estar bastante cerca y, en consecuencia, su pasado está aun más cerca, tan cerca que es presente.

En el cielo: observa a la Luna, la ve como era hace poco más de un segundo; observa al Sol, lo ve como era hace poco más de ocho minutos; observa un planeta, lo ve como era hace algunos minutos o algunas horas, dependiendo de cuál planeta y cuándo lo observa; observa una estrella fuera del Sistema Solar –o sea, cualquier estrella que no sea el Sol–, la ve como fue hace más de cuatro años. Hasta puede llegar a mirar cómo eran ciertas estrellas hace unos dos mil quinientos años, o puede disfrutar –sin mucho detalle– la Pequeña Nube de Magallanes hace doscientos mil años e incluso apreciar la belleza de hace dos millones y medio de años de la galaxia de Andrómeda; pero no mucho más. Para ver más cosas necesitamos binoculares, luego telescopios, que, como los ojos, tienen sus limitaciones.

Los telescopios permiten ver más en el pasado: el pasado de más cosas y cosas en un pasado más pasado.

Hubble eXtreme Deep Field
Hubble eXtreme Deep Field – Crédito: NASA; ESA; G. Illingworth, D. Magee, and P. Oesch, University of California, Santa Cruz; R. Bouwens, Leiden University; and the HUDF09 Team

A fines de septiembre, se publicó un nuevo Deep Field –Campo Profundo– del Hubble: el eXtreme Deep Field, una especie de renovación de otra imagen, el Ultra Deep Field.

Es una región tan pequeña del cielo, que casi no hay estrellas de nuestra Galaxia en ella; una región en es casi un décimo del tamaño de la Luna llena. Es una foto, compuesta de más de dos mil imágenes de la misma región cuidadosamente procesadas, llena de hermosas pequeñas galaxias con algunos detalles que no son tan relevantes frente a todos los puntitos del fondo: esa región del cielo fue observada principalmente para ver esos puntos que se pierden en el fondo.

Cada uno de ellos –prácticamente todos– son galaxias que ahora, quizás, son como la nuestra, pero tan alejadas que las vemos como si tuviesen unos pocos cientos de millones de años –pocos comparados con los miles de millones que tienen las galaxias y con la edad del universo–. Estudiarlas comprueba o refuta distintos modelos sobre el origen y evolución de las galaxias y del Universo que tratan de explicar, por ejemplo, por qué las galaxias espirales son espirales: por qué tienen brazos en forma de espiral.

Y por eso, ahora miramos aún más en el pasado: el pasado de aun más cosas y cosas en un pasado aún más pasado.

Y explicamos –o tratamos de explicar–.