Al Cinturón Fotónico

Estimado Cinturón Fotónico:

¿Cómo está? o más bien: ¿dónde está? Desde hace un tiempo que lo trato de ubicar, pero no lo encuentro. Wikipedia me contó que anda dando vueltas desde 1950 y que los círculos −o religiones, o sectas− New Age se enamoraron de usted y lo buscan desde entonces. Arreglaron una cita para el 25 de julio de 1993, pero usted se olvidó de asistir. Y ahora, ¿qué hará? ¿Nos dejará plantados nuevamente el 21 de diciembre de 2012?

Disculpe si le molestan mis preguntas y mi lenguaje tan directo. No deseo faltarle el respeto, pero me gustaría preguntarle más: busco ser científico.

Quisiera saber: ¿Qué es usted? ¿Es un cinturón de fotones literal? O sea, ¿es un anillo de luz? Entonces, ¿le molestaría contarme como hizo para nacer? Y, ¿cómo hace para vivir?

Y usted, que es fotónico, ¿qué tiene de particular su luz? Algunos dicen que traerá catástrofe, otros que es el inicio de un cambio −positivo− de la consciencia de la humanidad; y yo le pregunto: ¿qué hará? Porque, como se habrá dado cuenta, las posibilidades parecen ser mutuamente excluyentes: si pasa una no pasa la otra.

Y ya que usted es un anillo de fotones, ¿por qué cuando nos encontremos vamos a tener tres días de oscuridad? Quizás me falta algo de información, porque no entiendo: si está hecho de luz y nosotros vamos a entrar en usted, ¿cómo puede ser que nos esperen tres días en oscuridad?

A propósito, usted, que es luz, que es cinturón, ¿cómo hace para que la gente sepa que está ahí? ¿cómo hace la gente para saber que nos espera en aquella esquina de 21 de diciembre y dos mil doce? Porque yo conozco bastantes objetos que iluminan el día y la noche; y a usted, que es luz, que es anillo, que −dicen que− es muy grande, todavía no lo distingo en el cielo. Y eso que se encuentra a la vuelta de la esquina.

Por eso me gustaría preguntarle de nuevo: ¿dónde está?

¿Está?



Atentamente,
Juan Corroppoli.

Los fines del mundo

El fin del mundo es un día curioso. O, mejor dicho, los fines del mundo son unos días curiosos: pasaron demasiados y no pasó demasiado. Parece ser que cada año hay una profecía nueva acompañada de un fin del mundo nuevo, pero nunca ocurre nada. Algunas religiones New Age, se han avivado un poco de este problema y hablan de un fin del mundo como lo conocemos, de un cambio de consciencia. Es decir, hacen algo que las caracteriza: aumentar el grado de ambigüedad en predicciones.

Podemos hacer un poco de memoria y recordar los fines del mundo más relevantes en lo que va del siglo XXI: en 2011 hubo dos fines del mundo; bueno, en realidad uno, pero el hombre que lo predijo le pifió, así que rehizo −o retocó− los cálculos y dio una fecha de 2011 nueva, seis meses después de la primera. En 2009 un fin del mundo pospuesto desde 2008: el inicio de las colisiones en el LHC y el supuesto agujero negro que iba a crear. En 2006, el seis del seis del seis: un juego hermoso de números, lástima que el dos mil seis arruina el patrón.

A eso podemos sumarle el año 2000 −que, a propósito, es el último año del siglo XX− y el problema con los calendarios de las computadoras, que no era fin del mundo, pero fue tomado por las religiones New Age como tal. Ni hablar de las incontables últimas oportunidades para salvar al planeta de los ecololós, de las que vienen hablando desde 1970 con sobrepoblaciones, eras glaciales, calentamientos globales y cambios climáticos, algunas de las cuales deberían haberse cumplido durante las décadas del ochenta y del noventa −otras más convenientes pronostican cosas malas para el 2100−.

Una de las incontables imágenes promocionando el fin del mundo
Una de las incontables imágenes promocionando el fin del mundo

Y nunca se acaban ni el mundo ni sus fines. Ahora, es el veintiuno del doce del doce. ¿O era el doce del doce del doce?

La parte divertida es que realmente no importa cuál de los dos días sea, podemos jugar a ser científicos y experimentar: basta con esperar al doce de diciembre, luego al veintiuno y ver qué pasa.

No se olviden de los pochoclos.